1. Explica el punto de partida
Indica el municipio, el tipo de vivienda y las estancias que quieres reformar. Añade las medidas aproximadas y unas fotos generales, además de detalles de los elementos que quieras conservar o sustituir.
Si no tienes planos o medidas exactas, empieza con lo que sabes. Señalar una instalación antigua, un acceso estrecho o una vivienda ocupada ayuda a identificar qué aspectos habrá que revisar.
2. Separa lo imprescindible de lo deseable
Haz dos listas: lo que necesitas resolver y las mejoras que te gustaría añadir. En una cocina, por ejemplo, ganar almacenamiento puede ser prioritario y una isla puede depender del espacio disponible.
Comparte también el presupuesto que tienes en mente. Sirve para orientar decisiones, pero no sustituye la valoración de los trabajos ni fija el precio final.
3. Compara partidas, no solo totales
Dos propuestas pueden tener importes distintos porque incluyen trabajos diferentes. Revisa preparación, retirada de elementos, materiales, colocación, remates y gestión de residuos cuando correspondan al proyecto.
Pide que queden claros los materiales o calidades, las cantidades, los impuestos, las exclusiones y la forma de valorar cambios. Una descripción concreta permite entender mejor lo que estás comparando.
4. Aclara calendario y cambios
La disponibilidad de materiales, el estado que aparezca al abrir superficies y la coordinación de los trabajos pueden influir en la duración. Aclara también si vivirás en la casa durante la reforma.
Antes de empezar, revisa el alcance acordado y cómo se documentarán las modificaciones. Mantener esas decisiones por escrito ayuda a seguir el proyecto y a evitar malentendidos.